Martí­n Rejtman - Perfil

El rey de la comedia (rota)




Hasta hace un tiempo nadie se atrevería a decir que lo de Rejtman eran comedias. Y entonces sucede que se estrena Los guantes mágicos y (por decisión o no del director) se promociona exactamente como eso: como una comedia. Y ahora todos nos venimos a dar cuenta de lo que era en esencia y que resultaba disimulado por esa supuesta frialdad, esa aparente simplicidad y ese (ay, ay, ay, esa palabrita) minimalismo en la puesta. Minimalismo que encubre una complejidad que solo se alcanzaba a percibir cuando se las mira en conjunto, después de que pasar por el relato gozosamente, como por un tubo.
Probablemente esa revelación inesperada se deba a que Rejtman ha venido a contramano de todo lo que se está haciendo en el terreno de la comedia, donde la exageración es la regla, los personajes chillones y estrambóticos son reyes, los gags son la reason de être, y la trama se alimenta del enredo y las premisas traídas de los pelos: la formula del "qué pasaría si" desarrollada y exprimida hasta el agotamiento.
Por el contrario Rejtman prefiere las historias mínimas y los personajes casi planos: sujetos obsesivos que pierden su tiempo en actividades nimias, que hablan con palabras de otros, a los que la vida les pasa casi como si no se dieran cuenta. En los tres largometrajes de Rejtman, y que pudieron revisitarse recientemente en una retrospectiva del BAFICI 2004, puede seguirse a personajes que se dedican con pasión monomaníaca a trivialidades, como si fuera la búsqueda del Santo Grial. En Rapado, el protagonista se obstina en recuperar la moto que le robaron y cuya perdida parece haber vaciado su vida de sentido. En Silvia Prieto, la protagonista homónima se obsesiona con una mujer porque lleva su mismo nombre, mientras troza compulsivamente pedazos de pollo y lleva la cuenta minuciosa de los cafés que sirve en su trabajo de camarera. En Los guantes mágicos, los protagonistas se meten de cabeza -como buenos argentinos- en el negocio supuestamente salvador de los guantes del título.
La manera original en que Rejtman entiende la comedia no es que no reconozca antecedentes. Si uno se pone a rastrear, da con ese termino que gustan de usar los anglosajones, "deadpan": humor a cara de perro, o mas bien a cara de nada, interpretado por tipos que parecen no tener ningún interés en lucir como graciosos, aunque el efecto inevitable sea la hilaridad de quien resulta cómico aún a su pesar. Un estilo que pude remontarse tan lejos como a Buster Keaton, pero que igualmente siempre fue una línea marginal y poco explorada en el humor cinematográfico, más propenso a la morisqueta y el trazo grueso. Mucho menos en la comedia argentina, donde el humor que cultivan las películas de Rejtman, sí que no reconoce antecedentes ni tiene padres.
Y aunque del minimalismo de Rejtman se ha hablado mucho, habría que revisar qué se quiere decir con ello, no como la simplicidad chata o peor, pobreza, sino como una reducción a la mínima expresión, lo esencial. Ese minimalismo se expresa sobre todo en las actuaciones. Pareciera haber una suerte de método Rejtman de la actuación, por el cual todas sus criaturas hablan una lengua común. Sus personajes dicen sus diálogos, a veces rebuscados, a veces circunstanciales, como si los recitaran (casi despojados de emotividad), como si no fueran realmente agentes de sus palabras y mas bien fueran hablados. Eso se ve también en la forma en que manejan formulas y repiten frases que escuchan de otros, que parecen no sentir y que sin embargo los determinan. Hay como un vaciamiento por el cual esos personajes son como recipientes aptos para ser llenados con lo que se les ponga por delante. Así, por ejemplo, una de las protagonistas femeninas de Los guantes… no está deprimida hasta que la convencen de que está deprimida, y entonces se deprime totalmente, al punto de hacerse adicta a los psicofármacos. Nunca parecen estar muy convencidos de lo que están haciendo, pero lo hacen con dedicación religiosa, con la obediencia y la urgencia de los obsesivos compulsivos.
Rejtman se maneja como un escultor. Mientras otros agregan capa sobre capa, el va sacando y deja solo lo que le interesa, deja solo la esencia de lo que quiere contar. Mezcla una puesta simple con una trama rebuscada, y en ese ejercicio bizarro, consigue el extraño efecto de hacer reír.

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Los guantes mágicos



Ricardo Ottone


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